martes, 5 de junio de 2012


EL VALOR TERAPÉUTICO 
DE LOS CUENTOS INFANTILES
Lic. Mariela Cerioni




Los chicos comprenden, saben mucho más de lo que los adultos desean creer. Los chicos esperan que los adultos encontremos las palabras adecuadas para charlar sobre "esos" temas incómodos, pero necesarios. Muchos padres no pueden hacerlo. No saben cómo. No encuentran las palabras.
Pero la literatura —que es la sacerdotisa de las palabras— puede atreverse a transitar por esos caminos tenebrosos y también por los de la estética, la belleza descriptiva, el placer, el juego y la diversión.
Julia Chaktoura (1)


Los cuentos infantiles encierran un tesoro de riquezas para explotar desde el ámbito de la educación y la salud. Hadas, príncipes y princesas, brujas, lobos, ogros, dragones, héroes, villanos… personajes reales y del mundo de la fantasía nos brindan un puente para llegar a los sentimientos de los chicos.
 La literatura infantil no sólo me interesa como profesional que trabaja con niños. Desde muy chica relatos y libros de cuentos siempre me resultaron atractivos. Hace unos años empecé a rescatar su valor usándolos para dar “Rienda Suelta a la imaginación”(2) de los niños.  El objetivo principal: utilizar los cuentos infantiles como un recurso que los ayude a situarse en sus momentos críticos del crecimiento y su relación con el mundo.
  
LOS CUENTOS, EL ARTE, LO TERAPEÚTICO
Bruno Bettelheim atribuye a los cuentos (especialmente a los de hadas) la cualidad de ser terapéuticos. El niño encuentra soluciones, mediante la contemplación de lo que la historia parece aludir sobre él mismo y sus conflictos internos. Normalmente, dice el autor, el contenido de la historia que le atrae al niño, no tiene nada que ver con su vida externa, pero sí con sus problemas internos. “Eso también me pasa a mí” es lo que siente el niño al escuchar los relatos.
 “El espacio del arte, en particular, el de las historias desarrolladas en los cuentos, ofrece un universo de posibilidades para la manifestación y resolución de conflictos a través de la orientación del adulto, aportando además al niño, elementos de potente caudal estético. Cada tipo de cuento, con sus características propias, brinda elementos que resuenan en cada niño, permitiéndole elaborar a través de actividades y juegos, aspectos críticos de su crecimiento en su relación con los otros y con el mundo”. Andrea Rur
Desde esta fundamentación, los cuentos infantiles nos permiten abordar temáticas referidas al origen de la vida, la muerte, el destino, el amor, el miedo, los monstruos, la amistad, la solidaridad, el cuidado de la naturaleza y el medio ambiente, aventurarse y viajar a través del mundo y reír mediante lo absurdo que nos traen algunos cuentos. Estas temáticas encierran los conflictos típicos y universales de la infancia: la separación con  los objetos de amor (el destete, el control de esfínteres, la marcha, el ingreso a la escolaridad), la distancia y ausencia de la madre, la problemática edípica, la castración… La palabra es un puente que posibilita vivir la experiencia del crecimiento y sus obstáculos en  un ámbito diferente al de la realidad cotidiana. Los cuentos estimulan la fantasía y cumplen una función terapéutica porque en sus argumentos tocan sentimientos y pensamientos de los chicos.
“El niño pequeño necesita la oportunidad de comprenderse a sí mismo en este mundo complejo con el que tiene que aprender a enfrentarse… necesita una educación moral que le transmita, sutilmente, las ventajas de una conducta moral, no a través de los conceptos éticos abstractos, sino  mediante lo que parece correcto y (…) lleno de significado”. Este significado el niño lo puede encontrar en los cuentos. (Betelheim, B.)

LOS CUENTOS… UN ENCUENTRO ENTRE ADULTOS Y CHICOS
“El arte  es una creación por excelencia, es la creación de otra realidad”
Ernesto Sábato(3)

Los cuentos como el juego, forman parte del mundo de los niños. Así como cuando compartimos en muchas ocasiones los juegos propuestos por ellos, asumiendo roles ficticios,   que le generan gran satisfacción (que a veces nos asignan y otras les proponemos), la lectura de cuentos lleva a una situación similar. Leer cuentos a  niños pequeños produce un encuentro entre grandes y chicos, padres e hijos, y es una experiencia realmente agradable cuando el niño percibe que el disfrute del adulto es proporcional al suyo. En los adultos la lectura de cuentos no solo es satisfactoria porque nos permite encontrarnos con los hijos sino también porque favorecen que tengamos algunos recuerdos de nuestra propia infancia, los que ayudan a la comprensión de las conflictivas de los hijos.
El encuentro en la lectura lleva a que ambos, adulto y niño, se sumerjan en una pequeña historia, en donde también la narración del relato, favorece muchas veces la identificación con los personajes (a través de las voces, las expresiones, las posturas, los gestos) con lo que se le puede dar un tinte de realidad a la fantasía, tal como en el juego se asumen características de los personajes que “se juegan”. 
Cuando el niño escucha un cuento, las palabras, al tener más de un sentido, pueden resonar en cada uno con una significación diferente.  Contar historias a los chicos les permite fantasear y crear, teniendo estas dos últimas una raíz común: los deseos y los impulsos. Por lo tanto posibilitando la creatividad y el fantaseo le tendemos un puente al niño para encauzar sus conflictos y deseos, atemperar sus angustias e insatisfacción. ¿Será por esto que los niños solicitan que se les lea una y otra vez el mismo cuento... además con la necesidad de que no se altere la lectura de los textos?… Parece que el relato transmite algún mensaje importante al lector. Un mensaje que a veces los niños intentan de manera inconsciente transmitir a sus padres sobre determinadas situaciones conflictivas que necesitan resolver. Es evidente que por la insistencia del niño a repetir la lectura, de algún modo el cuento ayuda a encontrarse con esos conflictos de manera  no angustiante y le produce una sensación de alivio sobre cuestiones dolorosas.
En síntesis, contarles cuentos genera  poder compartir una experiencia muy significativa y una unión satisfactoria entre padres e hijos.
Cuando se produce el verdadero encuentro del niño con un cuento es una experiencia sumamente visible. El niño se identifica con los personajes y vivencia la experiencia al modo que un adulto podría hacerlo al ver una buena película o al presenciar una lograda obra de teatro. La ficción y la realidad se fusionan por un momento y es allí en donde se produce el encuentro entre el lector y el oyente. Los relatos se convierten en historias que se filtran con sus fantasías y los personajes son poseedores de sentimientos que  movilizan. Los ojitos chispean y el mundo externo (la conexión con la realidad) y el interno (sentimientos y sensaciones inconscientes) se confunden. Estas identificaciones con los personajes llevan al niño en este “como si” (como también sucede en el juego) a disfrutar desgracias y avatares. Goza sabiendo, por las experiencias repetidas, que hasta las situaciones más adversas pueden tener final feliz y que su deseo sobre el triunfo del bienestar es posible. ¿Será esa sensación la que buscamos permanentemente? Encontrar personajes protectores, salvadores, que nos guíen encontrando el camino, que sean justicieros, que nos perdonen los malos actos, que nos den otra oportunidad, o que nos alerten y nos enseñen de los peligros, las consecuencias de los malos actos, las desobediencias, el ocio, la ambición desmedida, la envidia y la ira incontrolable,  de manera no moralizante, entre tantas otras cosas.
  
CREATIVIDAD, FANTASÍA, IMAGINACIÓN
La imaginación del niño corre a rienda suelta, se divierte, juega… el niño espontáneamente inventa historias de su fantasía… crea. Tiene una gran capacidad para ello, la que a veces de adulto se pierde… posee ese gran potencial que los grandes podemos enriquecer y estimular. Creatividad e imaginación nos sacan de la rigidez. Posibilitando la creatividad y el fantaseo le tendemos un puente al niño para encauzar sus conflictos y deseos, atemperar sus angustias e insatisfacción.
Los autores que opinan sobre el tema, afirman que, no hay descubrimiento científico sin la función creadora de la imaginación. Desde el hombre de ciencias hasta el artista, todos deben valerse de ella. La creatividad exige ser curioso, descubrir problemas, hacer preguntas, opinar, emitir juicios propios. El acto creativo transforma.
La fantasía del niño no está divorciada de la realidad. El niño, a diferencia del adulto (que usa un pensamiento lógico), tiene un pensamiento mágico. La fantasía suele carecer de sentido lógico, es decir, coherencia con la realidad. Cuando el niño juega o se sumerge en las historias de los cuentos, cree en sus personajes, comparte sus fracasos y victorias, vive sus aventuras y experiencias. No obstante no confunde fantasía con realidad. Sabe que el cuento es ficción.
"El espacio entre la vida real y los sueños, lo ocupan los cuentos. Es el puente sobre el abismo. Eso lo saben los niños”. (Mercedes Falconí)
   
       EXPERIENCIA: TALLER
“RIENDA SUELTA A LA IMAGINACIÓN”


Mi experiencia desde esta fundamentación ha ido creciendo en estos años aportándome, de la mano de los niños, más argumentaciones que justifican la realización del taller.
Una buena selección de cuentos infantiles (lo que lo posibilita la formación específica sobre esta temática, e implica el conocimiento y comprensión de las problemáticas o conflictivas de la edad de los niños) y un gusto particular por narrar y leer cuentos y la literatura infantil,  son los  componentes fundamentales para realizar esta experiencia.
Los niños aprenden rápidamente que no se trata solo de escuchar cuentos, sino que también pueden agregar comentarios,  preguntar, contar sus ocurrencias, hacer sus propias versiones,  expresar sus sentimientos. El ámbito del trabajo  grupal es un espacio privilegiado para contribuir a la vida del niño en su relación con los otros, distinto del ámbito familiar. Los chicos no sólo tienen muchas preguntas, también tienen muchas respuestas. Escucharlas es profundizar en sus fantasías.
Las actividades que se realizan en el taller buscan llegar al objetivo planteado: facilitar que el niño se sitúe en sus momentos críticos del crecimiento, que se encuentre con las problemáticas típicas de su edad a través de relatos de la fantasía y la imaginación. 
Si bien narrar y leer cuentos son actividades centrales en este proyecto, muchas otras son importantes y realizan aportes enriquecedores a la tarea. Entre ellas, la proyección de películas o la escucha de audios de cuentos, la escritura de cuentos (cuando son muy pequeños el niño es el autor. El mismo dicta para que el adulto realice el acto de escritura y le de forma de cuento) las identificaciones con los personajes (mediante la actuación, la imitación, el juego), la representación gráfica de personajes o escenas del cuento, la lectura de cuentos por partes de los niños (si aún no leen, es riquísima la propuesta de que “lean” a través de la imágenes y relaten el cuento) entre otras que surgen de la misma propuesta de los pequeños protagonistas.
A veces sus cuentos no empiezan con “Había una vez…” y parecen ser historias actuales. Al niño le gusta hablar de sus miedos y sus propias fantasías. Seres extraños, chupadores, devoradores, agresivos y monstruosos aparecen en sus relatos. De este modo puede manifestar sus impulsos agresivos,  sus fantasías de destrucción,  su necesidad de que alguien lo rescate de esos sentimientos y tener así la esperanza de poder sobrellevarlos  y vivir “feliz”. El cuento le ayuda a superar sus miedos, enfrentarse y hablar de lo “monstruoso” en un ámbito que no es su propia realidad.
Fantasía que se puede dejar correr… ¡“Rienda suelta a la imaginación”!

REFERENCIAS BIBLIOGRÁFICAS
ARRIETA, YOLANDA. “Los cuentos infantiles son claves para la educación” Extraído de la página de internet “Educación en valores”
BARBERIS, ALICIA, 2011 “Viaje hacia los cuentos. El arte de contar cuentos a los chicos” Colihue. Buenos Aires, 2011
BETTELHEIM, BRUNO. 1975 “Psicoanálisis de los cuentos de hadas” Crítica. Barcelona. 2007
CERIONI, MARIELA, 2009, 2010, 2011 Colección de cuentos  “Atrapando la imaginación” Jardín Soles, Río Cuarto, Argentina.
CHAKTOURA, JULIA. 2011. “Literatura infantil: motivaciones para la creatividad” Página Web. www.teladerayon.com

FALCONÍ MERCEDES: "La literatura infantil y la creatividad en el niño" Martha Sastrías [comp.] Caminos a la lectura. Diversas propuestas para despertar y mantener la afición por la lectura en los niños México, Ed. Pax, 1997, pp. 54-61.
RUR, ANDREA. 2009 “Los cuentos en la aventura de crecer. Arte y psicoanálisis” (Material del curso dictado por Punto Seguido)
SERRONE, A. NADAL M. TURTURRO, E. MERLO D. (1998) “Los cuentos de terror. Sus efectos en el psiquismo infantil” Córdoba. Narvaja editor
SORIANO, MARC. 2010 “La literatura para niños y jóvenes” Colihue. Buenos Aires, 2010


(1) En “Literatura infantil: motivaciones para la creatividad”  pág. web Tela de Rayón.
(2)Así denominé al proyecto fundamentado en estos conceptos, que llevo a cabo con niños de 3 y 4 años, desde el año 2009,  en un jardín maternal privado de nuestra cuidad.
(3) Extraída de “Actas de las Jornadas de Creatividad y Psicoanálisis” (C.E.P. Córdoba, 1990) en Serrone y Otros, 1998 “Los cuentos de terror. Sus efectos en el psiquismo infantil”

martes, 5 de julio de 2011

LOS VÍNCULOS ENTRE HERMANOS: el nacimiento de un nuevo integrante en la familia, los celos...


INTRODUCCIÓN
¿Qué pasa cuando llega otro integrante a la familia? ¿Por qué se movilizan los celos? ¿Qué sentimos y cómo actuamos cómo padres? Intentaré exponer a continuación algunas temáticas que pueden ayudar a reflexionar. Pensar las situaciones que transitamos como padres nos ayuda a comprender  y lo que verdaderamente comprendemos es lo que nos ayudará a generar acciones más efectivas como padres.

EL NACIMIENTO DE UN HERMANO
Cuando tomamos conocimiento sobre la llegada de un nuevo bebé en la familia, entre la noticia en la que a veces se torna impactante y en otros casos produce gran alegría, los padres nos preguntamos '¿Cómo van a reaccionar sus hermanos ante este acontecimiento?'.
Siempre que nace un hijo, la familia sufre alteraciones. No es lo mismo una familia con un hijo, con dos o con más. Estas alteraciones no son exclusivas de los chicos. Los padres también nos vemos insertos en muchos cambios que implican toda una nueva adaptación. Hay muchas emociones que se movilizan en todos. No nos damos cuenta que nos movemos de acuerdo a nuestras propias experiencias infantiles y que será en base a estos recuerdos inconscientes y cómo hayamos vivido en circunstancias  similares, cómo ahora actuamos como padres y cómo nos desempeñamos en estas situaciones que ahora le toca vivir a nuestros hijos. Nosotros también pasamos por el deseo de tener un hermanito y a su vez de no tenerlo, esto nos despertaba temores.
 Al estar compartiendo con los hijos las mismas angustias o ansiedades que están en nosotros desde aquella época en que teníamos la misma edad, a veces no podemos ayudarlos. Estas cuestiones, cuando siguen siendo conflictivas, nos dificulta en la forma en que podemos entender a nuestros hijos.
El nacimiento de un hermano es un acontecimiento familiar que cada niño inscribe en su propia historia de manera particular. El embarazo de la mamá dispara una serie de cuestionamientos en los más pequeños con respecto al lugar que se le asignará en la estructura familiar al recién nacido.
La vida de la familia se trastorna por completo, debido al cambio del ritmo de vida impuesto por el recién llegado y es normal que sean precisamente el o los hermanos los que se puedan movilizar por esta novedad. Así, surgen los sentimientos de celos, como expresión del temor a la pérdida del amor de sus padres y al desplazamiento, uno de los temores principales. Para los hermanos mayores, la llegada de un hermano requerirá la atención de los padres y provocará muchas veces resentimiento y mucha angustia.
Estos sentimientos podrán intensificarse en los primeros meses de vida del bebé, cuando los padres dediquen mayor atención a éste que a los demás. A veces puede llegar a casos extremos y hay que dedicarle una atención especial.

Confirmación de la concepción… ¿Y ahora…?
La primera inquietud es cuándo y cómo informarle. Las que vienen después siempre se relacionan en cómo hacer para no despertar celos. Muchos padres piensan en que si se hablan lo menos posible, a veces restando importancia a la situación, los celos se podrán evitar. Otros optan por participar a los hijos pensando que ello puede ayudar a que no se produzcan.
Analicemos ambas situaciones.

a.Evitar comentarios
Muchos papás ante la noticia de que el embarazo está instalado se comienzan a preguntar cómo manejar la situación.
En muchas ocasiones evitar comentarios para que el niño no se entere de la situación se nos torna dificultoso. Los hijos, suelen percibir antes que los padres, aunque de una forma inconsciente, el anuncio de la llegada de un nuevo integrante a la familia. También,  pueden percibir el deseo de los padres de concebir otro hijo. A veces, frente al presentimiento de que los padres quieren tener otro bebé, por las noches, quieren ir a su cama para controlar qué hacen cuando están juntos. 
Lo más habitual es que el niño tome conocimiento del embarazo, aunque a veces niega su percepción. Cuando niega es porque la noticia le despierta miedos y temores. A veces puede preguntar porque percibe que algo está pasando, otras hace preguntas indirectas, que los padres podemos captar algunas veces y otras no. El niño entiende, desde su condición de niño, distinta a la del adulto, pero entiende lo que está sucediendo. Hay algunos papás que se sorprenden ante ciertas afirmaciones de los chicos como por ejemplo: “vos tenés un bebé en la panza”
También es muy difícil evitar comentarios de la familia y amigos sobre la noticia de embarazo. En estas situaciones, seguramente son difíciles sortear frases al estilo de… “¿Cómo va todo? ¿Cómo te sentís? ¿Qué tal la panza?” que aunque tratan de ser preguntas indirectas y hasta a veces en clave o con señas, el niño, aún con corta edad, percibe y tramita lo que ve y escucha a su modo, prestándose esto a ciertas situaciones de negación u origen de hostilidad.
No olvidemos que los primeros que mostramos cambios en nuestra actitud y comportamiento, por ejemplo con ansiedad, más allá de los cambios físicos que luego se hacen evidentes, somos nosotros.
Esto nos confirma que es casi inútil pensar que no va a ocurrir nada, que el niño no se va a dar cuenta.

b.Participar a los niños en los acontecimientos y preparativos
En otros casos se prefiere participar y preparar a los chicos para la llegada del recién nacido. A veces el compartir los acontecimientos le ayuda al niño a aliviarle temores.
Siempre teniendo en cuenta que los excesos también son dañinos, el “poner palabras” a los afectos y sentimientos alivia. A veces el hecho de que vean en los padres una apertura, le posibilita al niño  preguntar, expresar sus sentimientos hostiles o de alegría, miedo, dudas y temores. Por ejemplo suelen preguntar ¿Dónde va a dormir? ¿Por dónde va a salir? ¿Y te puede pasar algo? ¿Dónde voy a dormir yo?. El niño puede ir elaborando el lugar que va a tener el hermano y el que después del nacimiento podrá tomar, qué cosas le pertenecerán, cuáles deberá compartir. Esto puede hacer que evite imprevistos.
La participación en la organización y el acompañamiento que puede hacer a la madre también suele ayudar. Esto no quiere decir que el niño no va a manifestar cambios o celos.
Si se decide comunicarle al niño, también es importante tener en cuenta el momento más adecuado para hacerl y  su nivel de comprensión.
A veces decirle que el bebé que viene va a ser su compañerito de juego confunde al niño ya que esto vendrá bastante más adelante. Al momento del nacimiento y por uno tiempo prolongado el nuevo integrante de la familia se centrará en su alimentación, sueño, desarrollo y crecimiento.

LOS CELOS
Los celos son sentimientos universales y naturales en el desarrollo del niño. Surgen ante el miedo a perder o ver reducido el cariño de alguien querido, especialmente la madre. Así el niño reclama exclusividad de protagonismo y atención.
Ante la llegada de un hermano es muy habitual que surjan los celos, una situación sumamente angustiante, la que es vivida como la pérdida de la sensación de ser el centro del universo familiar. Teme que le retiren la asistencia y empieza a sentir la obligación de tener que compartir todo con el que va a llegar. Aparece también  la envidia con el bebé ya que se lo considera un rival en la búsqueda de ese amor fraternal. Los celos conllevan a sentimientos hostiles, a deseos destructivos hacia el intruso efectivo o potencial.
La situación de celos no es exclusiva de los hermanos del recién nacido. Los sentimientos se despiertan en muchos direcciones en donde se requerirá la elaboración de la situación: de la madre porque el hijo ya no es solo de ella; del chico porque ahora hay otro con el que tiene que compartir a los padres, el que también se cuestiona el vínculo entre el papá y la mamá para tener un hijo y se pregunta por qué es del papá o de la mamá y no de él; del padre porque ahora la mujer está mucho más dedicada a la atención del hijo. Se va armando un círculo vicioso.


Cambios ante la llegada de un hermano: en busca de significados de comportamientos y sentimientos de padres e hijos
A raíz de todos los cambios, temores y sentimientos que se movilizan, los niños suelen presentar algunas manifestaciones o síntomas. Estos síntomas podrían relacionarse directamente con los celos y pueden presentarse como:

a.Trastornos emocionales.
Muchos padres en la situación de espera y nacimiento de un hermano describen conductas como: desobediencia, negatividad, cambios de humor sin motivo aparente, hostilidad, agresividad, llantos ante cualquier frustración, negación a asistir al jardín o al escuela, indiferencia al bebé o a la situación, rabietas y caprichos, sensibilidad, disminución del rendimiento escolar, tratornos en el sueño. Analicemos algunos de estos comportamientos.
A veces en los niños puede surgir la fantasía de que los padres quieren “sacárselos de encima” y por ello se suelen imponer mediante “pataletas” o caprichos.
Estas situaciones pueden complicarse cuando a los padres, nos aparece el temor ante la dificultad de la crianza de varios hijos o nos sentimos incapacitados para hacernos cargo de ellos. Así, los niños suelen expresar pedidos de atención mediante estas pataletas, que a veces se relacionan con sentimientos de rabia y desesperación, por tener que compartir a la mamá con el hermano.
Cuando los padres tomamos conocimiento del por qué de estos comportamientos, muchas veces nos surge la necesidad de ofrecer, por el sentimiento de culpa, regalos, o decirle con repetición cuánto los queremos. Los hijos suelen sentir que estas situaciones no son de verdad y puede ocasionar que sientan más conflictiva y confusa la situación.
Como padres, por los propios conflictos que tenemos con respecto a esta temática sentimos culpa, por lo que necesitamos dar una hiperatención a nuestro hijo, con lo que terminamos algunas veces haciéndolo sentir culpable a él o mediante esta atención exagerada le estamos dando la razón que sus sospechas son ciertas, por ejemplo, cómo es esto que ahora que voy a tener un hermanito, me empiezan todos a tratar tan distinto. Deberíamos preguntarnos entonces por qué tener otro hijo nos suele generar tanta culpa y empezamos a actuar de manera distinta. Esto favorece las pataletas, los caprichos.
A veces los padres para evitar que los niños sientan carencias nos sobreexigimos en nuestro comportamiento hacia ellos, lo que suele representar un gran esfuerzo y frustración al no conseguir los resultados deseados. También  otro motivo de angustia o sobrecarga proviene de la idea de que se debe querer y tratar a ambos o a todos los hijos por igual, cuestión que se genera por un malentendido. Nos es difícil pensar que con un hijo nos sentimos mejor en algunos aspectos y en desacuerdo con otros. Que con algunos podemos compartir ciertos gustos y con el otro no.
Otra situación que puede presentarse es que los niños se enojen ante todos los cambios que están viendo con la llegada de un hermano, pero luego se asusten, temiendo  que ellos son malos, entonces necesitan mostrarse buenos, haciendo cosas útiles e importantes, a veces comportándose como si ellos fueran el papá o la mamá. Así, cuando nace el hermano se interesan por ejemplo, por darle el chupete, acunar su moisés y ayudan a la mamá en todas los quehaceres que hacen al cuidado y a la atención del bebé.

b.Síntomas físicos. Dolor de panza y vómitos, alteración o falta de apetito, supuestos dolores de varios tipos que pueden llegar a inventarse. Puede ocurrir también, en el transcurso del embarazo o después del nacimiento del bebé, que el hijo mayor se enferme. Los padres solemos llenarnos de angustia y de sentimientos de culpa al verlo enfermo,  sintiendo que no podemos cumplir “bien” a nuestro juicio, con la función de padres. A veces el niño suele enfermarse o tener fiebre y delatar mediante esto el temor de quedarse absolutamente solo, que se le cambie el mundo, que pierde a su mamá. El niño puede de esta forma, porque no puede encontrar otra más apropiada, manifestar su frustración y el temor que no conoce  de su propia agresión por esa frustración que está viviendo. A veces no tiene otros medios más que enfermarse para expresar lo que le está sucediendo. Lo que no puede hablar lo expresa de otra forma, es decir a través del lenguaje del cuerpo.

c.Regresión a etapas evolutivas ya superadas. Se produce una regresión a comportamientos ya superados por el niño. Casi siempre se trata de un intento de imitar al bebé para captar la atención de los padres y madres: vuelve a hacerse pis en la cama, habla como un bebé (no acorde a su edad), quiere recuperar el chupete o la mamadera, también que le den de comer en la boca. Se mete en el cochecito, cunita o corralito y se interesa por los juguetes del hermanito. También suelen chuparse el dedo. Así involuciona lo que ya había logrado. Ante el miedo al abandono a veces los niños suelen interpretar que si se mantienen chiquitos, pueden conservar el cariño de los padres.
En otras ocasiones el niño que ya está en edad de realizar ciertas adquisiciones (como el control de esfínteres, o tomar su leche en la taza) retrasa el pasaje a una etapa superior del crecimiento y desarrollo.

 ¿Cuándo podemos considerar que estos síntomas son preocupantes?
Todas estas reacciones son normales si suceden de forma temporal y no alteran significativamente el funcionamiento familiar.
Si consideramos los celos como parte de una etapa normal y necesaria en el desarrollo evolutivo que ayuda a los niños a madurar, podremos sobreponernos a las difíciles situaciones y frustraciones a la que nos exponen los niños con sus conductas o comportamientos manifiestos. Es importante saber que evitar a toda costa estos comportamientos no solamente nos frustra porque es difícil hacerlo, sino que también es negar lo que está sucediendo. La comprensión de la situación suele ser lo que más nos ayuda como padres a sobrellevar los inconvenientes y a encontrar algún camino.
Como padres y responsables de la crianza de nuestros hijos necesitamos encontrar la manera  de enfrentar la situación, la que en cierta manera se tranquiliza cuando logramos que los niños comprendan la vulnerabilidad del recién nacido, así como las necesidades especiales de atención que éste requiere; y en las cuales ellos también pueden cooperar. Pero por sobre todo, cuando comprenden y sienten que el nacimiento de un hermano no modifica el amor que sentimos por ellos. En todos los casos la aceptación de la nueva situación va a llevar tiempo y trabajo de los papás, quienes irán observando cómo se va dando la situación.
Ante sintomatologías insostenibles el mejor camino es realizar una consulta profesional para resignificar lo que está sucediendo.
 


Y con el transcurso del tiempo…
Muchas veces los sentimientos de temor y hostilidad, al tiempo del nacimiento del hermano, se atemperan o disminuyen cuando pueden observar que aún ante la llegada del hermano, los padres siguen queriéndolo y atendiéndolo. Además, ante el crecimiento propio y del hermano, muchas veces, se suele elaborar la hostilidad y el vínculo puede evolucionar considerando al hermano, en lugar de rival, como un compañero, un par, más allá de los sentimientos celosos que le despierte.
A medida que las ansiedades tanto de los padres como de los hijos se van tranquilizando la situación se va tornando más armónica y en cierta forma “normal o habitual”. En ello tiene mucho que ver que los temores van cesando, y los padres se sienten más capaces o tienen más fuerza o fortaleza para criar y hacerse responsables de una familia más numerosa. Así los padres van encontrando la forma de reorganizarse, dividir su atención, y volver a las tareas obligatorias incorporándolas a la vida cotidiana de la familia.



HIJOS, HERMANOS: LUGARES, FUNCIONES Y ROLES

El  lugar de los hermanos: el primogénito, el segundo, el tercero… el hijo único
El que es primogénito en la familia se siente como el príncipe destronado y no puede evitar sentir un cierto rechazo hacia el nuevo miembro. La rivalidad surge entre los seres humanos como emoción primitiva en busca de la supervivencia, ya que siente que está en peligro lo que recibía de forma exclusiva de sus padres y en algunas familias también de tíos y abuelos. Es entonces cuando necesita llamar su atención, resaltar su superioridad.
Parecería que es el hijo primogénito el que más sufre o se molesta ante la llegada de un hermano. Esto no quiere decir que el que ya tiene más de un hermano, el que está en el segundo o tercer lugar no se le movilicen los mismos sentimientos. Es una explicación simple pensar que solo sufre el primer hijo por el nacimiento de un hermano o erróneo si pensamos que  entre el primer hijo y el tercero, por ejemplo, con el cuarto, no habría conflicto alguno; o al revés, si se tiene seis o siete hermanos, el primero sería un absoluto desdichado por la cantidad de veces que tuvo que compartirlo todo, y convengamos que ya no le quedaría mucho para él. La lectura que debemos hacer de la situación es teniendo en cuenta otra lógica, que no tenga en cuenta tanto la cantidad, sino cómo es el niño, el lugar que ocupa en la familia, el momento de nacimiento del hermano, el sexo, la edad, la situación familiar, el vínculo entre los padres, las características personales del niño, su carácter, tolerancia, autoconfianza, y seguridad interna,  son factores que intervienen directamente en los sentimientos como el de inferioridad o celos entre hermanos.
Siempre es difícil, la llegada de un nuevo ser, pero existen graduaciones que hacen de este momento que se vuelva muy complicado o aunque doloroso y molesto, algo soportable, pasable, y hasta con cierto posible usufructo futuro.
No todo niño que pasa por el hecho de tener un hermano va a sufrir interminablemente. Si bien el compartir implica perder (amor, tiempo, atención, etc.), lo que debemos rescatar es que nadie se muere por el hecho de no contar con exclusividad y en todos los casos, a la larga, este perder la exclusividad nos termina aliviando y beneficiando, ya que implica que ante los ojos de los padres no todo recae sobre uno mismo. No todo el afecto, no toda la protección, no todo el cuidado, no todas las responsabilidades, no todos los ideales, no todas las frustraciones, no todos los deseos, etc. le pertenecen, la torta podrá partirse en pedazos con sus hermanos. Por ello la fantasía de que el hijo único no pasa por dificultades porque el amor de los padres no tendría necesidad de dividirse es errónea.
Ser hijo único implica vivencias particulares nacidas de la ausencia del compinche para hacer travesuras, “cosas malas”, o cosas buenas agradables a los padres. El hijo único no experimenta la necesidad de dividir ante los padres, el amor, las preocupaciones, las miradas, los deseos. Si bien es único para dividir estas cosas, también es único para las expectativas y demandas de los padres, a las que no puede dividir con nadie. Es decir, es único para recibir, pero también es único para gratificar y reparar, para atender las necesidades de los padres, para cumplir mínimamente las expectativas de ellos. A veces el hijo único, comparte el lugar de compañero de los adultos.
El hijo único durante cierto tiempo, también teme y anhela la llegada de un hermano, pero cuando se convence de que esto no va a suceder deja de sufrir por el temor a tener que compartir sus cosas o el amor de los padres.
Sin embargo, el contacto con la realidad extra familiar suele ser para el hijo único muy duro. No posee la experiencia adquirida en la familia con sus hermanos, por lo que el encuentro con otros, como compañeros de juego o en el colegio, lo enfrenta a dificultades sobre las que no ha adquirido experiencia. En estos casos puede que ocurra que estos encuentros evolucionen hacia la frustración si se mantiene aferrado a querer ser el único o que pueda, si elabora sus conflictos, encontrar en otros vínculos lo que en su vida familiar no ha encontrado.

El lugar del hermano: roles y funciones en el vínculo
Los hermanos nacen dentro de una familia, la que para nuestra sociedad se encuentra acotada por el vínculo de sangre, pero su concepto lo excede, porque es en la convivencia, en la vida compartida día a día, en el trato cotidiano, donde se gesta la familiaridad, el clima afectivo en el cual cada hijo encuentra el ámbito más adecuado para conformarse.
Cada hijo quisiera tener un lugar privilegiado. Cada hermano suele, desde su lugar, fantasear con que es el otro quien lo es. Esto es lo que suele generar intensos sentimientos de rivalidad y celos. Si bien, a veces esto hace generar deseos de eliminar al rival, también hace peligrar la continuidad del amor que los padres le tenemos, por ello se resignan estos deseos y en su lugar, aparece el sentimiento de querer que todos sean tratados por igual, es decir, el amor paterno igual para todos los hijos. Esto lleva a que entre hermanos surja el sentimiento de solidaridad; si todos somos iguales, todos seremos amados por igual.
Los hermanos pueden cumplir cuatro roles o funciones: objeto de amor, objeto de identificación, objeto rival y objeto auxiliar o ayudante.

a.El hermano como “objeto de amor”
El niño, en su desarrollo, inevitablemente ve frustrada su pretensión de ser único para los padres y de contar incondicionalmente con ellos, ya que los mismos están también ocupados en su trabajo y quehaceres cotidianos. Es esta frustración lo que lo lleva a que de manera natural e inevitable, le surja el interés por su hermano, que está siempre presente y disponible. El hermano se vuelve así compañero de juegos, de travesuras, las que puede compartir sin ser el depositario único y directo de la observación de los padres.

b.El hermano como rival
Los celos, como en el punto anterior comentábamos, ocupa un lugar importante en el vínculo entre hermanos. Especialmente los celos se juegan frente al padre y la madre, dado que cada hermano persigue el mismo fin: lograr el amor de los padres. Esta situación los lleva a una lucha que se plantea en dos campos: el de la competencia y el de la rivalidad. En la competencia  el vínculo es constructivo. Se unen los esfuerzos para alcanzar una meta en común. Hay un enriquecimiento mutuo y cada uno compite según sus posibilidades. En la rivalidad, sucede lo contrario, ya que prima el deseo de   ganar al otro destruyéndolo, de triunfar derrotándolo y siempre implica un enfrentamiento. En un intento de evitar el dolor por las diferencias, se quiere suprimir la superioridad que el otro puede tener, que a veces se vive como humillante. También se desea anular los progresos del hermano, ya que estos pueden hacer notar las dificultades del otro. Es común observar, por ejemplo, como un hijo realiza comentarios desfavorables o desagradables acerca de un dibujo que el hermano acaba de regalar a sus padres.
Al rivalizar, los hermanos caen en la confusión de que hay amor para uno solo, lo que hace que se acentúe el malestar con el otro.
A veces sienten que el otro es el favorito, mejor, superior. Esto es un malentendido que lleva a rivalizar por el “lugar del preferido”
Este sentimiento de rivalidad, a veces conduce al niño a un sentimiento de culpa, lo que le impide disfrutar del verdadero amor de los padres. Es necesario que los hermanos elaboren estos sentimientos hostiles, para que puedan inaugurar la ternura y el cariño, lo que los llevará a tener entre ellos un vínculo de auxiliar.

 c.El hermano como auxiliar o “ayudante”
Los hermanos comparten múltiples experiencias: van a la misma escuela, comparten el mismo dormitorio, tienen los mismos amigos, se intercambian la ropa. Esto no suele suceder cuando la diferencia de edad es mayor de 8 o 10 años.
El compartir estas cosas, origina un sentimiento de paridad de simetría: el mayor es hermano del menor y viceversa; ambos pueden ser hermanos de un tercero y hermanos entre si. La diferencia está que la relación con los padres implica jerarquía. El compartir origina cohesión en la relación en la cual se auxilian y se ayudan mutuamente. Esto aumenta el sentimiento de camaradería que se mantiene, a veces, a lo largo de toda la vida.

d.El hermano como modelo
Si bien el hermano muchas veces sirve como espejo en donde se deposita todo lo rechazado, lo malo,   también en muchos casos el mayor se convierte en modelo para el menor. No solo los  padres  funcionan como modelo de los hijos. Los hermanos menores, cuando han podido atemperar su hostilidad, sienten al mayor como alguien admirado al que quieren copiar. Esto es posible alcanzar cuando se logran elaborar los sentimientos de celos y rivalidad que existen entre los hermanos.
Estos roles no son exclusivos de una u otra etapa de la vida y suelen superponerse, a veces primando uno sobre el otro. Tampoco son exclusivos de los vínculos entre hermanos sino que están presentes en todo acto de convivencia.
En la medida que los hermanos van creciendo, suele generarse entre ellos la “amistad fraterna”, pero para ello es necesario elaborar los malentendidos, los celos y la rivalidad sobre la que nos referimos.
Muchas veces cuando se superan esto sentimientos,  se vivencia al hermano como a un par, un aliado, un compañero de ruta.
Los afectos que se despiertan entre hermanos pueden ser profundos y duraderos y que este vínculo sea más tendiente a que un hermano cumpla la función de objeto de amor, de rival, de auxiliar o de modelo depende de las vicisitudes de los mismos. Puede suceder que, en muchos casos la relación se profundice hacia un vínculo más creativo y enriquecedor, mientras en otros casos se oriente hacia la hostilidad, el empobrecimiento y el desencuentro.

 El lugar de los hijos…
Cada hijo que nace es esperado desde algún lugar, y esto también abarca a los hijos adoptivos. Cada hijo es concebido desde un deseo, desde algo que nos falta, desde el cual es esperado. Por lo tanto hay un lugar diferente para cada hijo, desde lo consciente que a veces coincide con lo inconsciente y otras veces no. Muchas veces llegan hijos no planificados, por lo que no debemos dejar de pensar en cuántos deseos inconscientes se movilizan en estas situaciones. Puede que en algunas circunstancias no haya lugar en los deseos conscientes de los padres (desde su planificación) para más de uno o dos. A veces por la venida del segundo o del tercero es necesario restar un poco a cada uno. O se conserva y se sigue concentrando la mayor parte en uno y lo que sobra se reparte. ¿Qué es lo que se concentra, se suma o se resta? Podríamos hablar en términos de energía o libido amorosa (según Freud) Puede que se invista con todo el amor al recién llegado, se la da toda la atención, toda la importancia y el lugar al recién nacido. También puede ser al revés. Entonces muchas veces se saca de acá y se pone allá. Se intenta hacer una repartición y ello va a depender del lugar que cada hijo va ocupando en la vida de sus padres. Esto también influirá en las relaciones de los hermanos.
Pero por otra parte, del niño o el sujeto también tiene la libertad de hacerse su lugar, a veces si no es en los padres, puede alojarse en alguien más, en alguien que posee un lugar posible para él. Dado que se trata de lugares y funciones que pueden ser encarnados por diferentes personas (abuelos, tíos, amigos de los padres, etc.) no están cerradas exclusivamente a los padres.
Todos estos procesos por lo general no transcurren en nuestra vida consciente, por lo general permanecen ocultos en nuestra vida afectiva e influyen no solo en nuestra vida particular, los vínculos y relaciones que entablamos, sino también en el lugar que nosotros podemos darles a nuestros hijos, muchas veces intentando reparar o evitar situaciones vividas en nuestro propio seno materno y familiar.


BIBLIOGRAFÍA
Aizenberg, S.  Algunos aspectos de la adopción. Un caso clínico
Basso, S.   (trabajo final de licenciatura)?
Bettelheim, B. 1987. No hay padres perfectos. Grijalbo. México. 1997
Freud, S. 1909. Análisis de la fobia de un niño de cinco años. Obras completas. Amorrortu. Bs. As.
Freud, S. 1933 [1932] La feminidad. Nuevas conferencias de introducción al psicoanálisis. Obras completas. Amorrortu, Bs. As.
Conferencia “El vínculo entre hermanos: encuentros y desencuentros” 2001. Basso, S.
Consultas varias de internet

lunes, 7 de febrero de 2011

LA CRIANZA DE LOS HIJOS: CAPRICHOS, BERRINCHES Y LÍMITES





Muchos padres están interesados y con mucha necesidad de encontrar un espacio para poder hablar sobre los comportamientos de sus hijos. La preocupación mayor: los caprichos, berrinches y cómo poner límites a los niños. En el contexto de charlas para padres (específicamente en el jardín maternal en el que soy asesora) esta temática genera un ámbito de apertura e intercambios. La idea es reflexionar sobre estos temas que nos preocupan a todos los padres en nuestra tarea de criar a los hijos. Expondré a continuación un resumen de este encuentro:



El objetivo de la charla fue dar un significado a estos comportamientos, que son muy comunes en la primera infancia, y analizar las diversas intervenciones que, como padres o educadores, utilizamos para poner límites y disciplinar a los chicos. Desde este objetivo se intentó dar participación a los padres. Se remarcó reiteradas veces, que aunque como padres nos gustaría que nos dieran una orientación, receta o consejo específico de cómo actuar en cada situación, la única intervención genuina y valedera es aquella que podemos hacer comprendiendo la situación particular y contemplando nuestro propio carácter y el de los hijos, quienes no responden de igual manera ante las medidas disciplinarias o los límites. Se planteó así un marco de reflexión y comprensión, lejos de la intención de dar consejos o recomendaciones. Los consejos y las indicaciones no nos suelen servir, cada situación es particular y hay que estar inmersos en ellas para saber cómo actuar.


1.CAPRICHOS Y BERRINCHES: EL CHANTAJE AFECTIVO


Nuestros sueños y expectativas cuando esperamos un hijo nos llevan a atribuirles toda clase de perfección y pensarlos lejos de todo sufrimiento. No obstante, el niño nace con un carácter que con el tiempo y las experiencias se va desarrollando. No podemos creer que siendo bebé muy pequeño se entrene para conseguir lo que quiere llegando a parecerse “un pequeño déspota o tirano”. El bebé va desarrollando su capacidad de dominar los aconteceres cotidianos y es mucho más despierto de lo que lo que parece y a medida que va creciendo en la rica interacción con los que lo rodean se va haciendo una idea de qué, cuánto y cómo debe sentir ante cada tipo de acontecimiento. Así aprende que cuando llora lo levantan en brazos, o le dan de comer, o lo acunan, etc. Lo que en este desarrollo se nos pierde de la cuenta es que el niño también se va entrenando y aprendiendo a conseguir lo que quiere a través del sufrimiento. Esto se denomina chantaje afectivo o extorsión melancólica.
Una vez que el niño ha aprendido que si llora obtiene muchas veces lo que quiere, los padres ya alertados de la situación, intentamos revertirla. Muchas veces el niño llora intensamente “logrando salirse con la suya”. Algunas veces los padres angustiados y enojados porque el niño no cede puede que lo levantan e intentan calmarlo en el medio de las protestas, pero sienten que lo están malcriando y que no pueden ponerse firmes como padres. De esta manera, por un lado suelen sentirse fracasados por no poder mantener la decisión. Por el otro el bebé se alivia, pero percibiendo el malestar de los padres se siente culpable. La situación se vuelve a repetir una y otra vez y el sentimiento de fracaso y de culpa va en aumento. El niño perfecciona sus reclamos, ha aprendido que para obtener algo debe ganarlo con sufrimiento y que cada vez que esto ocurre “se sale con la suya”, independientemente de lo que quiere lograr. Si lo logra siente que ha sido inmerecido. Si fracasa en salirse con la suya, se siente estafado porque verdaderamente ha sufrido y no ha sido compensado. Se hace un círculo vicioso que no se puede parar. Así es como logra hacer grandes berrinches o pataletas. A veces como padres empezamos a generar mensajes contradictorios: no acceder enseguida para no consentirlo pero tampoco frustrarlo definitivamente por el temor a que sufra demasiado.
Otra cuestión que sucede en este proceso es que el niño suele confundir los ideales con las necesidades y se comporta como si le fuera imposible seguir viviendo sin obtener lo que anhela y por lo general los berrinches no se generan por necesidades vitales, sino por desear objetos o por concretar gustos que no tienen relevancia.

Entonces podemos decir que: un berrinche o “pataleta” es un mecanismo con el que el niño busca satisfacer un gusto sin una motivación justificada. Cuando esto ocurre, anhela –por encima de cualquier consideración razonable– que se haga su voluntad. El deseo del niño de que las personas satisfagan su voluntad a toda costa, es lo que se conoce como “capricho”.

Ya más grande el niño se ha entrenado para utilizar la extorsión. Muchas veces aprende a chantajear verbalmente, amenaza con retirar el cariño, e incrimina a los padres de malos, poco compresivos y faltos de amor hacia él o se niega a hacer lo que le piden. De esta forma hacen tambalear la firmeza de los padres. Esta cuestión se complica cuando existen desacuerdos entre los padres sobre el modo de educar y exigir a los hijos. Los niños son "ojo avizor” para sacar ventajas.

2. LA DISCIPLINA Y LOS LÍMITES

Llegando a las situaciones descriptas los padres cada vez nos sentimos más desorientados. Nos preguntamos ¿Cómo salir de la situación?
El convencimiento interno de los padres acerca de lo que pretenden del niño es fundamental para un verdadero cambio de la situación. Es necesario observar que el niño, por lo general, insiste para conseguir algo simplemente para “salirse con la suya”.
La tarea de enseñar a los hijos a comportarse de acuerdo a las normas del medio en donde viven es un largo proceso que comienza desde muy pequeños cuando tienen que dominar sus propios deseos de hacer lo que quieren. Esto es necesario para poder convivir, respetando a los demás. A través de los límites les estamos diciendo que hay cosas que se pueden y que hay otras que no, que muchas veces tiene que esperar y que no todo es “YA”.
Los límites significarán el primer organizador de su vida. Son reglas que regulan el comportamiento. Las confusiones acerca de la puesta de límites siempre abordan el cuestionamiento de los padres acerca del temor de frustrar a los hijos. Con respecto a esto es necesario aclarar que si bien un monto muy grande de frustración es malo, lo es también la falta total de frustración. La capacidad de ir enfrentando creativamente la frustración es lo que permite crecer. A un niño al que nunca se le pone límites y se lo deja hacer lo que quiere, no le estamos enseñando que la vida es difícil y que para conseguir lo que mínimamente vaya queriendo va a tener que sobreponerse a dificultades que se le vayan presentando y que muchas veces no va a lograr totalmente lo que quiere.
Enseñarle a los niños a internalizar normas le ayuda a autodominar los impulsos, a enfrentarse con los propios deseos, cuestión más que necesaria, sino seríamos esclavos de ellos.
Es necesario que como padres maduremos en nosotros mismos las normas o reglas que queremos transmitir, para poder dar el ejemplo y actuar con seguridad: qué le vamos a permitir, qué no toleramos, a qué edad esperamos tal o cual cosa; preguntarnos nosotros mismos qué es lo que queremos y esperamos de ellos; ver si nosotros mismos podemos respetarlo. Disciplinar a los hijos es un proceso continuo y muy lento y por lo tanto necesita de la paciencia de padres y maestros.
Poner límites no es solo una actitud necesaria para que el niño domine sus impulsos, es también una actitud de amor y cuidado ante los peligros que el mundo le pone a los niños. Si tomamos conciencia, podemos darnos cuenta que ante los peligros no dudamos en poner límites ¡Nuestros hijos están en riesgo! ¿Por qué no pensar igual ante las otras situaciones? Parece que frente a otras situaciones nos ponemos más dudosos… y ahí se producen los caprichos y los berrinches. Cuando el adulto duda ante el NO que pone, los chicos responden de esta manera, “portándose mal”, angustiándose.

Castigos y premios

Cuando intentamos poner límites, lograr ciertos comportamientos en los niños y no lo logramos solemos recurrir como padres a castigos o premios. Veamos cómo actúan en el niño nuestras determinaciones.
Castigos:
Lo que intentamos castigar es una falta: una conducta contraria a los valores que se quieren transmitir. Los castigos son sanciones, por lo general dolorosas, en donde se quiere lograr una reflexión moral que conduzca a un cambio en el comportamiento. Lo que suele pasarnos es que esas sanciones saben estar desvinculadas del acto o mal comportamiento que el niño ha realizado. Por eso, a veces no nos sabe dar los resultados esperados castigar a los niños, ya sea corporal o emocionalmente. Esto se debe a que el niño no entiende por qué tiene que sufrir un castigo que considera injusto, entonces tiene la vivencia de haber sido atacado, no comprendido. El reto o la penitencia es una forma de castigarlos por lo que hicieron que no siempre los ayuda a entender. Solo los para por un rato.  De allí se deriva enojo y resentimiento y el sentimiento  de haber sido humillado o vencido y rechaza, en lugar de internalizar, lo que se le está transmitiendo.  Por lo tanto el castigo a veces, hace que los niños se nos pongan en contra. 
Un ejemplo del castigo desvinculado al mal comportamiento podría ser: no le dejamos ver tele porque le pegó al hermanito. Es importante que el castigo pueda llevar a reparar y resarcir la mala conducta. En este ejemplo sería que el niño repare su conducta, restaure la relación con el hermano.
También existe el castigo anunciado, por ejemplo, advertirle al niño que si sigue con el comportamiento que está teniendo, se le va a dar una penitencia. Esto es un acuerdo previo. El niño en estos casos asume una responsabilidad. Sabe que si continua su comportamiento será reprendido. Es él quien elige.
Frecuentemente nuestras palabras no son suficientes  para que el niño rectifique su comportamiento. No obstante debemos ser conscientes que somos el objeto de amor más importante para ellos y que la vivencia de perder nuestro amor y cariño los angustia demasiado. Cuando les pedimos que “desaparezcan de nuestra vista” y esto responde a nuestra frustración y enojo real por su mal comportamiento, al niño le resulta muy penoso. Esto les hace tomar conciencia de la necesidad que tiene de los padres y lo llevará a tratar de recuperar su cariño.  La orden de que desaparezcan de nuestra vista cuando es el resultado de nuestros verdaderos sentimientos, no es un castigo, aunque el niño suele experimentarlo así.
A veces nuestras buenas intenciones de cambiar la actitud del niño, se desvanecen cuando, por la culpa que sentimos, les decimos que ya pasó… que los queremos o nos retractamos con lo que le hemos dicho. Otras veces no actuamos acordes a lo que sentimos sin expresar enojo pero el niño percibe nuestro gran enfado. Si el papá o la mamá le expresan al hijo su enojo y la razón del mismo y le aclaran lo que le permiten y lo que no, les frenan sus impulsos agresivos o dañinos. Tanto los padres como los niños, cuando tratan de resolver de alguna manera el problema sienten alivio y por ello se reinstaura la sensación de bienestar entre ellos.
                                                                                       
Premios:
Los premios muchas veces nos ayudan a lograr ciertos comportamientos que esperamos de los chicos. No obstante, premiar connota un riesgo. En la medida que premiamos ciertas conductas positivas que esperamos de los chicos, propiciamos que sólo se comporten de la manera esperada para recibir el premio. Los niños aprenden de esta especie “compra-venta” de conducta.
Por ejemplo: le damos al niño un premio por buena calificación o comportamiento. El niño deja de vincular que su comportamiento es el  apropiado o el esperado a su edad. Así no aprende a distinguir lo correcto de lo incorrecto. Aprende a cobrar por su conducta. Como padres, de esta forma también chantajeamos o sobornamos a los hijos. Puede que el niño se confunda y no aprenda los valores que intentamos transmitirles. Enseñarle buen comportamiento o a obtener buenas calificaciones tienen valor por sí mismo.
A veces pensamos: es que se lo ganó, se lo merece!!. No debemos confundir un premio de un regalo. Los regalos no se condicionan. Otra cosa es que tengamos como padres reconocimientos verbales: como “felicitaciones”, no es necesario dar discursos, también podemos estar agradecidos y reconocerlo.
Lo más importante sería obtener conductas basadas en valores y no en premios o castigos.

3. UN CAMINO POSIBLE

Una razón de ello es porque se nos hace muy difícil ponernos en el lugar del hijo, identificándonos con lo que siente, porque no es fácil recordar los que nos pasaba a nosotros cuando éramos niños. En nuestra forma de actuar como papás influyen nuestras experiencias pasadas como hijos. Si podemos recordar lo que sentíamos podríamos darnos cuenta del dolor que siente nuestro hijo, dolor que se oculta detrás de sus rabietas queriendo demostrarnos que es autosuficiente. El niño sufre como también nosotros sufrimos.
Como papás siempre quisiéramos ser buenos, cariñosos, comprensivos, pero a veces ante situaciones de crisis esto se nos hace imposible. Perdemos la paciencia por lo que el niño hace o no quiere hacer. No entendemos por qué es tan caprichoso, por qué nos hace pasar vergüenza adelante de la gente, rompe los objetos, nos pega puntapiés o puñetazos o lo hace con algún hermano. A veces podemos soportar esto sin perder el buen humor y otras veces nos sentimos hartos del comportamiento aunque sea típico de la edad del niño, porque nos desalentamos y decepcionamos. Esto es porque a veces tenemos como ideal ser padres “siempre acertados, sin falencia, sin dudas” y a su vez nuestros hijos fantasean tener padres “que sepan todo, que puedan todo, que den todo”. Esto es lo que nos lleva a desalentarnos y decepcionarnos: ver que no podemos ser como desearíamos. Lo más cariñoso y comprensivo es no esperar del otro que sea ideal.